Julio

Lo primero que querrás saber es cómo me llamo. Me llamo Julio y tengo 36 años. Soy fotógrafo y mis gustos son muy poco convencionales, soy lo que podrías decir, raro. Tengo dos pasatiempos importantes, además de mi trabajo que considero mi pasión: la moda y los hombres. Nunca me verás en pants y playera, ni solo.

Hoy he separado un saco Christian Dior vintage de tweed de mi abuelo, unos pantalones Ralph Lauren carmesí, ajustados a mi medida por un sastre de la calle Durango en la col Roma, una camisa Calvin Klein blanca y una corbata Hermès de seda con estampado de polka dots blancos con rojo. Son para mi funeral. Tengo localizada una viga de acero y un cinturón largo (Coach hace los mejores), hice pruebas con varios nudos y tuve que conseguir un banco, porque mi silla no era lo suficientemente alta. Me voy a suicidar, es sólo cuestión de tiempo.

Esta historia comienza en Coyoacán, en el Distrito Federal, la ciudad que me vio nacer y morir. En aquel entonces tenía 13 años y era mucho más normal. Lo primero interesante en mi vida fué Gabriela o Gaby o Gabyota. ¿Hace alguna diferencia? No. La voy a perder, mejor dicho, la perdí, para siempre. Su nombre no es más que una formalidad ante mi lector. La podría llamar Ella o Eya, a veces la he llamado Gabieya en mi mente, con voz de niño chiqueado, cómo si tuviéramos la confianza de novios de años, qué nunca tuvimos ni tendremos. Ahora ella es poco menos que una idea. Tantos años después casi la había olvidado, hasta hace apenas un par de meses que en la paranoia pre-suicidio la volví a recordar, como inevitablemente he recordado muchas cosas, como haciendo un recuento de las cosas que no valen la pena, las razones para morir, que siempre son más que las de vivir… Al menos para la gente como yo.

Empezamos con un beso en la calle de Carrillo Puerto, en una banca, un beso sin tanta inocencia, a escondidas. ¿Alguna vez te haz preguntado qué es un beso? Un beso es sexo, es sexo con la lengua y la boca. A los trece años esto es igual que a los 27 o a los 33. Aún recuerdo su respiración agitada, sus manos sudorosas y su mirada hambrienta. Su lengua era torpe y sus dientes chocaban contra los míos incómodamente, pero estos detalles eran de esperarse, a los trece años así son los romances: incómodos.

Un día me dijo, necesito una prenda tuya. ¿Para qué? le pregunté. Voy a hacer un hechizo para unir nuestras almas, si nos separamos en esta vida nos encontraremos en la siguiente, me contestó, como si nada. Hicimos el hechizo juntos, en su jardín, con una serie de ingredientes muy cómicos. Así era Eya, totalmente descabellada. Después me preguntó, ¿Hasta dónde llegarías conmigo? Le conteste, muy caballeroso, que no haría nada de lo que pudiéramos arrepentirnos y regresé a darle los besos característicamente largos de adolescentes, tomándola de las manos y con las caderas separadas. Pero era mentira, hubiera llegado hasta el fin del mundo con ella, sólo me lo tenía que pedir, nunca le hubiera podido decir que no.

Ante todo esto, naturalmente, el lector se preguntará, ¿pero al menos era bonita? y la respuesta es que no. No era bonita, era tortura, desesperación tal vez, Eya era el tipo de mujer que a sus 14 años podía destruir un matrimonio. Era callada, morena y flaca, con el pelo lacio lacio y muy negro, pómulos pronunciados, felinos y ojos azules. Me platicaba de brujas y de Beverly Hills, de filosofía y de cantantes de pop. Era anormalmente madura para su edad, me atrevería a decir que fue la primer mujer que tuve y no estoy hablando de besarla. La tuve entre mis brazos, hicimos el amor en casa de sus padres un martes completamente normal. A esa edad aún no sabíamos ni qué ni cómo se debía sentir aquello, o si tenía que arañarme la espalda o cuándo gritar o qué decirnos al oído. Eramos cómo Adan y Eva, descubriendo el paraíso. Al terminar no fumamos un cigarrillo ni nos acurrucamos, nos fuimos asustados y lo repetimos al día siguiente y al siguiente.

¿Sabes? Esto lo entendí mucho después. Eya aún no tenía su primer periodo, lo tuvo poco tiempo después y fue anormalmente doloroso, no pudo dormir, ni pararse de la cama por una semana. La llevaron al hospital con un ginecólogo amigo del papá. El principio del fin. Las niñas tienen esta cosa llamada himen, su propósito nadie lo entiende (Hymen era el dios griego de matrimonio, hagan sus propias conclusiones). El caso es que se pierde con la primera penetración, a veces se pierde sin querer o por accidente, a veces con exploraciones de naturaleza sexual por alguna niña precoz (si fuera mio el himen, este sería mi método preferido, podría fingir la experiencia de una femme fatale o al menos no pasar por el penoso momento de limpiar sangre de tus sábanas, que es lo último que necesita una adolescente después de su primera vez). El caso es que Eya ya no tenía himen, o algo así y su estúpido doctor juzgó buena idea decirle a su papá.

El escándalo que siguió tuvo una cualidad dramática excepcional. Su padre, el dermatólogo me acusó de violador, su madre, la bióloga de animal depravado (muy ad-hoc supongo). El dermatólogo perdió toda la decencia y cordura, me quería matar. ¡Depravado! Me gritaba. ¡Animal! Agregaba la bióloga, llorando. Lo tuvieron que detener para que no me golpeara, yo no entendía nada. Cómo si un hombre tuviera tanto control sobre las mujeres… Siempre somos los hombres los depravados, los pervertidos y los animales. ¿Y las mujeres qué?

Mis padres me llevaron al psicólogo (mis terapias de libre asociación eran increíblemente sexuales, desarrollé perversiones que me hubieran tomado años en la escuela). Me castigaron absolutamente todo lo que me podían castigar y para rematar, el maldito dermatólogo se la llevó a Hermosillo, Sonora, en dónde la práctica dermatológica estaba muy atrasada y su carrera tenía un futuro prometedor. La intenté buscar, años después, por Facebook, pero no encontré rasgos felinos sino más bien bovinos. El tiempo no le sentó bien, fue un trago amargo y me dí por vencido. Mejor ni saber si era ella. En el fondo prefiero pensar que no, que ella está por ahí tomándose un espresso en una terraza, leyendo novelas de Proust y Faulkner, irresponsablemente infeliz, sin un pelo de cordura pero con la total seguridad de que no hay nadie como ella.

Pese al hechizo mágico y nuestras ideas de amor, ahora pienso que lo que pasó fue más bien una mezcla entre curiosidad infantil, ganas de crecer y calentura de verano. Sin embargo por muchas otras razones, mi gusto por las mujeres desapareció con el tiempo, no así con mi calentura, que creció (muchas veces). La consecuencia de esto, fue Carlos, a los 15 años y después, muchos, muchos otros. Me los imagino a todos desnudos en una foto grupal frente a la catedral de Coyoacán, sonrientes, tomados de las manos o abrazados. ¿Te imaginas? Sería una gran noticia. Fotografía grupal nudista en el centro de Coyoacán. Aunque en México la noticia iría un poco más así: ¡Orgía juvenil frente a la Catedral! Hubiera ido directo al MOMA en Nueva York, pero la vida no es tan fácil.

Alguna vez me dijo un maestro: Si quieres arruinar una historia, comienza a preguntarte cómo va a terminar. La clásica pistola de Chéjov, ya viste la pistola al comienzo de mi historia, ahora sólo hace falta dispararla. Sabes lo que va a pasar, pero te hace falta algo importante…

Otro Martes totalmente normal recibí una llamada de un número desconocido, nunca contestó llamadas así. Recibí 5 llamadas a las 9 de la mañana, a las 11 recibí ocho más de otro número. A la 1 pm estaba fuera del estudio y me decidí a contestar.

– Julio, soy xxxxx. Tengo SIDA.

Xxxxx colgó inmediatamente, no pude regresarle llamada y nunca lo volví a ver. El resto de la historia no necesito contarlo. Nunca estuve mal de salud, de hecho no pasé de VIH, pero nunca me recuperé, una vida como la mía no es lo mismo una vez que sabes algo así. Si mis pasatiempos fueran otros, si tuviera recursos infinitos (es mucho más caro pagar cuentas de hospital que de ropa) o tal vez si fuera un hijo de puta, hubiera salido adelante. Pero no lo hice.

¿Porqué Gaby? De entre toda esta serie de eventos que conozco como mi vida y todas las parejas que tuve, ¿por qué Eya? No lo sé, aquí parado sobre este banco con la piel de mi cinturón Coach sobre mi cuello y la sala de mi departamento bajo la viga, sólo puedo pensar en el hechizo que me hizo, en otra vida, en el amor infantil que no conoce la crueldad de la vida adulta.

Texto y Fotografía por Everardo Barojas