Fosforescente

Juan rara vez usaba esa combinación de ropa, estaba consciente que cuando se vestía así la gente lo trataba diferente y eso le molestaba. También estaba consciente que con esa camisa de lino parecía más apuesto de lo normal y más que nada, que con esos lentes viejos se veía interesante. Eran un regalo de su padre. La primera vez que los usó, una desconocida se introdujo con un beso en un bar, se despidió con una mordida en el labio y salió del lugar. No dijo su nombre ni teléfono, sólo dejó un ligero sabor a sangre. Esa misma noche, una amiga de años le entregó una servilleta con un beso rojo pintado y un recado, “Tú y yo en el bar del Sanborns a las tres de la mañana”. Nunca antes había recibido besos de dos personas en una misma noche. Se sintió muy satisfecho, aunque después de ir al Sanborns a las tres de la mañana, no supo qué hacer con su amiga y la fue a dejar a su casa, con el sentimiento de satisfacción disuelto y un “Ush” de parte de su amiga, mientras entraba a su casa de San Jerónimo decepcionada. Desde entonces guarda los lentes para ocasiones especiales, junto con la servilleta, que no huele a ella, pero debería.

Años después, a Juan le cuesta trabajo perder la inocencia, crecer y dejar el amor infantil. Ser cruel, frío y olvidar, todos ellos requerimientos de las relaciones que ahora frecuenta. Si hoy se hubiera visto en cualquiera de esas situaciones, el desenlace hubiera sido muy diferente. Con los años y las canas, Juan ha entendido muchas cosas acerca de las mujeres y ellas han aprendido a apreciar su personalidad tranquila y callada.

Ese día se quiso ver bien porque iba a comprar algo especial, para alguien especial, en una tienda especial. Le atendía una chica morena, con un vestido de algodón blanco, a través del cual se insinuaba un cuerpo costeño, firme y con curvas pronunciadas. Sus ojos claros terminaban de acentuarlo todo, con un pequeño lunar dos centímetros a la izquierda de su labio inferior. Que fue lo primero que notó Juan, era algo así como un blanco hacia donde apuntar sus besos, le recordaba a Madonna y a Cindy Crawford.

Una vez que se quitó los lentes viejos y echó un vistazo por los aparadores, le preguntó, directamente y sin rodeos, si tenía flores de aquellas que brillaban en la oscuridad – Las necesito para alguien que también brilla en la oscuridad.

Después de una pausa, la chica, confundida, dijo que no las conocía y que esas cosas no se vendían ahí. Pero después de pensarlo, no pudo evitar preguntarse cómo sería poder provocar eso en alguien. Poder brillar en la obscuridad para alguien tan apuesto como Juan. Lo miro a los ojos con celos y pensó, ¿cómo puede ser una mujer así?

Juan trataba de no mirar su lunar, que lo distraía mucho. Por un instante, el silencio incomodo creció, junto con la tensión de un beso que nunca llegó, hasta que un cliente interrumpió, haciendo sonar una campana al entrar y vociferando una búsqueda apresurada por Girasoles. Sin perder tiempo, la vendedora escogió los tres más bonitos, los limpió, ató y envolvió con calma, a instrucciones del cliente.

Mientras, Juan sacaba fotos de un mueble viejo sobre el cual descansaban sus codos, ligeramente agachado para estabilizarse y fotografiar una Orquídea seca, lo único seco y moribundo del lugar. Cuando se fue el cliente, la vendedora se acercó a Juan, recargo sus codos junto a él y le preguntó, casi susurrando – Entonces, ¿cómo es ella? Si me la describes, tal vez te pueda ayudar a buscar algo.

La miró, callado, pensó por unos segundos y contestó – Es sufrimiento, a veces por no poder tenerla y otras por saber que la puedes perder. Dijo, besando su lunar con cuidado – Es el tipo de mujer que nunca serás. Continuó a besar lentamente sus labios, con un dedo abajo de su mentón, que empujaba su boca hacia él – El tipo de mujer con perversiones que no entenderías. Agregó, mientras apretaba su cuerpo contra el suyo, con una mano firme en el fondo de su espalda – El tipo de mujer que aún ahora, me distrae.

Everardo J. Barojas