El Día en que me Partí en Dos

Una escultura de arena.

Abre los Ojos

1,2,3. ¡Abre los ojos! Desperté abruptamente solo, en un cubículo de terapia intensiva con una máscara de oxígeno cubriendo mi boca y una bata que dejaba pasar mucho el frío. Dentro de estas salas nunca se puede saber si es de noche o de día, no hay ventanas, la iluminación siempre es igual y de cualquier modo la gente nunca duerme. ¿Por qué estoy aquí? pensaba, ¿qué me pasó? Quería preguntarle a una enfermera o a un doctor, pero me daba pena. Pensaba, seguro llevo días aquí y todos los días pregunto lo mismo. Decidí esperar a que entrara un familiar.

Dormí un poco. Me despertó un sentimiento extraño en la espalda y cabeza. Estaba mojado, sentí un líquido tibio escurrir por mi cuello. Abrí los ojos asustado, con un quejido -aún tenía una dosis alta de morfina- y sentí como me levantaban por completo. Me movían como muñeco, pero mi susto no duró mucho: era la enfermera y me estaba bañando. Había algo relajante en el agua tibia que me motivo a tratar de despertar y ayudarla, nunca me ha gustado que hagan las cosas por mi, pero ni siquiera me pude mover. Me dormí antes de que terminarán de lavarme el cabello.

Desperté de nuevo, ¿cuánto había dormido? Buscaba un reloj, pero no encontraba nada ¿aún será de noche? Seguía muy confundido. Intenté ver mis manos para comenzar un recuento de daños, estaba canalizado y no podía levantarlas para verlas. Trate de hacer un movimiento tan común que ni siquiera le puse atención (desde entonces pongo mucha atención en todos mis movimientos). Trate de levantar la cabeza, sólo separarla de la almohada para ver mi cuerpo. Me sentía tiezo, pero lo intente de todos modos. Uno, dos y… ¡Auuuuuu! -Está bien pues, me quedo quieto, pensé. El más ligero intento de movimiento resultaba en un popurrí de dolores en la espalda, brazos y cuello, tantos que no podía distinguirlos. Mi segundo intento fue mover mis brazos y piernas y esto si pude hacerlo, al menos podré caminar, pero ¿qué pasó?

Decidí seguir con el recuento de daños. Me dolían las manos, tenía quemaduras en la mano izquierda y traía una pulsera con algo escrito ¡Al fin, pistas! “Fecha de ingreso: 4/Oct/2012”. ¿Hace cuánto fue eso? De nuevo traté de recordar pero no pude, trate de hacer cuentas, pero en mi cabeza todo estaba difuso. ¿Qué viene antes de Octubre? Con algo de trabajo logré descifrarlo: Septiembre, ¿qué pasa en Septiembre? … El día de la independencia, recuerdo eso, fui a dar el grito con Rafa, tomamos mezcal y fuimos al centro de Tlalpan, pero hasta ahí llegó mi memoria. ¿Qué pasó en todo este tiempo? ¿Estaba aquí?

Una vez más, decidí distraerme con el recuento de daños: me recargue del otro lado y comencé con mi brazo derecho.Tenía morados los dedos, varios raspones en el brazo y codos, pero todo bien. Mi pierna derecha estaba inmovilizada con una bota de plástico, seguramente rota pero podía mover mis dedos y un poco el tobillo así que no me preocupe. Mi pierna izquierda parecía estar bien y finalmente… Entre las piernas, todo parecía estar en su lugar. Me interrumpió el médico.

 ¿Cómo te sientes Everardo? -preguntó. Bien, conteste. Vamos de gane, al menos sigo siendo Everardo.

Tienes una fractura de cuña en la vértebra T9, tres costillas rotas, una fractura en el calcáneo, en el quinto metatarsiano y tu neumotórax ha bajado al 20%.

¿No se colapsó la vertebra? -pregunte. No, vas a tener una recuperación total, no te preocupes.

Para este momento había aislado dos escenarios plausibles:

1.- Me atropellaron en la bici, podía recordar cómo me impactó lateralmente un camión y me avienta hacia la banqueta. El tumba burros del camión contra mi espalda y costillas. El camión era viejo y oxidado. Tenía imágenes de mi cuerpo en el pavimento.

2.- Estaba escalando. Pero de esto sólo tenía una imagen de mi cuerpo cayendo al vacío mientras enredaba una cuerda con mi mano izquierda, el recuerdo no tiene origen ni tiempo, está montado sobre un fondo blanco y la caída nunca termina, sólo se repite: El cuerpo cae una y otra vez y el brazo hace combas en la cuerda.

¿Pues qué me pasó? Llore un poco, impaciente y frustrado. Si estaba escalando, no tengo idea donde estaba y si estaba en la bici, tampoco. Decidí dormir, todo era muy complicado.

Desperté y estaba mi padre junto a mi, quise contenerme pero no pude, me solte a llorar como un niño. Me explicó todo. Comenzaron los recuerdos: el cuarto dinamo, la Marlon Brando ((La Marlon Brando es una ruta en el parque nacional de Los Dinamos en el Distrito Federal. Es la ruta que estaba escalando.)), la reunión ((El termino escalador para el ancla que se hace al terminar una ruta, o sea, de donde te cuelgas para bajar.)), una caída descontrolada, la cuerda en mi brazo izquierdo, el dolor y la caminata. Todo empezó a fluir.

La Reconstrucción

-Nunca tendré hijos, nunca conoceré París, nunca aprenderé a tocar el piano, nunca volveré a ver el mar, a mis amigos, a mi perro.  Debía de haber estado pensando en eso, debía de haber estado pensando en mis padres o en mi novia.

Piensalo tu… Si te fueras a morir en este instante, ¿qué dejarías sin hacer? Nadie quiere contestar esta pregunta con prisa, y a pesar de ello si hay quien tiene que hacerlo y a veces hasta sin tanta prisa:

“Lo siento señor, le quedan 2 días/meses/años de vida”. ¿Te imaginas?

Tal vez en una semana podrías hacer casi todo, hasta ir a París. Tal vez con un sólo día tendrías para hablarle a tus padres y amigos, hacer el amor y hasta emborracharte. Tal vez con unos minutos podrías decirle a tus hijos que no tengan miedo, a tu mujer que la amas. Sin embargo la muerte casi siempre llega sin avisar, así nada más: click, trás, pum o tiiiii y hasta ahí.

En mi caso no llegó, bueno, no ha llegado (toco madera). Pero estuvo cerca. Caí por 27 metros, siete pisos, 2.4 segundos, diez vochos (a lo largo) o unas 93 personas (flacas) a lo ancho. Fue algo así como un ¡trás! y fuera luces. Gracias a dios no fue un ¡esplat! o de plano un ¡esquish!. Nunca supe bien que paso -como en todo- pero estaba escalando en roca. Lo que recuerdo es que rompí una de las tres reglas fundamentales de la escalada ((Cortesía de Alejandro Gastelum, escalador pionero nativo de Baja California)):

  1.  Si vas a caer, que no sea a 9.81 m/s2.
  2.  Siempre sube con las manos primero (arriba) y los pies después (abajo). De otro modo se puede complicar bastante.
  3.  Nunca, pero nunca, dejes de respirar.

La tercera la seguí muy bien y eso que bajo las circunstancias particulares me costó bastante trabajo: veintitantos metros de caída te sacan el aire bastante eficientemente y en volver a llenar los pulmones, se te va la vida misma. Sientes que respiras con un elefante encima. Si en algún momento se definió que viviera fue en esa bocanada, que tanto esfuerzo me costó y que tan poca satisfacción me trajo. ¿Puedes imaginar que te sumerges y nadas todo lo que puedes, pero cuando sales no puedes respirar? Desesperación, claustrofobia, frustración, miedo. Tus músculos se contraen y dilatan tratando de inflar tus pulmones, pero simplemente no puedes. ¿si? Pues así. El término médico es hemo-neumotórax (aire y sangre dentro del pulmón). En mi caso era del 50% y bilateral: es decir, el 50% de mis dos pulmones estaban colapsados.

Neumotórax unilateral
Así se ve un pulmón con neumotórax. Bastante ilustrativa.

Yo estaba seguro que me iba a morir, nunca me he sentido tan mal. No entendía nada, ¿qué pasó? -pensaba (sin saber que lo seguiría preguntando por días).  Lo decía, lo trataba de decir pero las palabras no llegaban. No podía hablar, ni siquiera hilar pensamientos, miraba todo a mi alrededor con una mirada nerviosa, pero nada tenía sentido. Sin embargo la lucha era realmente contra el dolor. No es que lo recuerde, si cierro los ojos no lo puedo ver, ni volver a sentir. El dolor es lo primero que se olvida. Lo que recuerdo es el miedo que me daba sentirme tan jodidamente mal, el pensamiento de que un dolor tan agudo sólo pudiera estar relacionado con la muerte.

Como para hacer la historia aún más dramática, estábamos solos y no había señal para el celular. A lo mejor estaba pensando en eso, pero yo pienso que más bien ya no aguantaba el dolor. El hecho es que me paré, no me importó tener una vértebra fracturada, los pulmones colapsadas y el pie roto.

Me levanté solo y me puse a caminar. ¿Haz visto la noche de los muertos vivientes? Exactamente así. Brazos extendidos, mirada perdida, cojeando, lento y errático. Hasta mis quejidos sonaban igual (así pasa con el neumotórax), de no ser por la diferencia de épocas diría que se inspiraron en mi. Camine casi un kilómetro así, unos 40 minutos.

Night of the living dead.
Exactamente así me veía, bueno, un poco menos elegante.
La única diferencia era el atuendo, yo iba un poco más informal.

Recuerdo bien la imagen de mi camioneta en el estacionamiento, ¡al fin!  Recuerdo que mi compañero me dijo, estás muy cabrón carnalito ((Si, es cursi. Pero los dos nos decimos “carnal” mutuamente.)). Yo no pensaba, no entendía, pero quería escapar de ese lugar como si escapar de allí fuera igual a escapar de la muerte. Logré llegar al auto y en cualquier otro lugar del mundo ahí terminaría esta parte de la historia. Pero esto era en la ciudad de México, a las 8 de la mañana: 28 millones de personas -todos con prisa- tratando de llegar a trabajar. Los ánimos bajaron cuando llegamos al tráfico matutino. ¿Se imaginan la situación? Ver los autos pararse en el periférico y a los vendedores ambulantes ((En la ciudad de México, siempre hay vendedores ambulantes en los embotellamientos.)) acercándose mientras tratas de convencer a tu pasajero de que no se duerma porque está condiciones críticas. Mis respetos a mi carnal que me condujo con tanta calma hasta el hospital.

Mi carnal y yo en la cima del Picacho del Diablo. Hemos hecho varios viajes juntos, escalando, en bicicleta o caminando. No había mejor persona con quien estar en una situación así.

Sinceramente, a mi me dejó de preocupar la situación en cuanto me subí al coche y acomode el asiento. Ya había hecho todo lo que podía hacer, le había dado la estafeta a mi carnal y ahora era su responsabilidad. Nos tuvimos que brincar algunos camellones, nos paró algún policía, pero llegamos. Hasta ahí llega mi memoria, después me pusieron morfina y se me borró el cassette. Mi último recuerdo es de los paramédicos atascando la camilla debajo de mi y llevándome dentro del hospital, ahí estaban mis padres y mis hermanas pero ni siquiera los vi.

 A Posteriori

Si me pidieran que explicará mis pensamientos en el momento de la caída (y esta es la pregunta preferida de todos) lo describiría como un chin, o un ¡ups! Un sentimiento de realización de error… No vi mi vida pasar, ni el túnel psicodélico de Odisea en el Espacio 2001, ni la famosa luz. Si acaso vi negro y luego estrellitas pero la verdad es que de lo único que me acuerdo bien es del chin.

Pensándolo bien, creo que si vi el túnel psicodélico de Odisea al Espacio 2001 (esa será mi descripción de ahora en adelatne) o tal vez me confunda un poco y este pensando en el estado alterado que tuve en el hospital después de los analgésicos. En cualquier caso, espero que en algún momento haya tenido esta expresión:

La expresión de un hombre contento con su vida.

Después de todo el show, terminé rodeado de maquinitas que hacían toda clase de ruidos (pfff, tch, ti, ti), con una falta de memoria digna de la peor borrachera de Pedro Infante ((Actor mexicano famoso por sus papeles de borracho peleonero, en la vida real era deportista y no tomaba.)) (o sea de varios meses) y con la tranquilidad del mismo Siddharta, que si le hubieran pasado tanta morfina como a mi seguro que se hubiera iluminado antes.

Es imposible ocultar los efectos de la morfina.

Lo importante es que estás vivo, pensaba. La libraste, te salvaste. Pero, ¿a cuánto ascendería mi deuda con el mero mero? No creo que me me la perdone así nomás, de cuates. No quedé manco, ni tonto, ni loco ((Ehemmm, no, ¿o si?)). ¿Me quedará algo de buena suerte aún, qué tal que no? Así de simples eran mis pensamientos, así de superficiales y pesimistas. Qué tal que en unos días descubren que mi columna se está desplazando, o que tengo un coágulo que va directo al cerebro o algún tipo de sangrado interno. Peor aún, que tal que estoy imaginando todo esto, a lo mejor está sala de cuidado intensivo es mi representación del purgatorio, a lo mejor sólo vine a despedirme o a lo mejor es un sueño, como Macario.

“Macario” es una película mexicana basada en un cuento de Bruno Traven. En ella, La Muerte le regala a Macario una última visión antes de morir. En esta escena, Macario se da cuenta que su vida está por terminar y le ruega a la Muerte que no apague la vela que simboliza su vida.

Esto hubiera tenido algo de sentido, porque preguntaba por mis amigos incesantemente, y tenía amnesia, entonces era muy repetitivo, aún más de lo normal. Mis padres se cansaron de explicarme que estaba en terapia intensiva, que no me podían pasar a verme. Mi hermana me decía, Jacques está en Nueva York, Rafael en Turquía, Bernardo en Alemania, Luis Darcy en Australia ((Espero que no se me sientan a los que no menciono, les tengo una gratitud enorme a todos los que me visitaron y me ayudaron en mi recuperación, este o no su nombre aquí)), no pueden venir. Yo pensaba, ¿En Turquía? ¡No mames! ((Si eres español, intercambia esta frase por: “¡Me cago en la puta!”)) Eso no tiene sentido para alguien que ha perdido la memoria. ¿Qué hace Rafa en Turquía? En mi mente éramos unos niños aún, esperaba verlos al día siguiente, como en la secundaria.

 Yo necio seguía pregunte y pregunte, como disco rayado, sin entender cómo es que seguía vivo y bastante sólo, porque aunque tenía muchas visitas, lo olvidaba casi inmediatamente. No sé que me sorprendía más, Turquía, Australia, Nueva York y Alemania o que hubiera sobrevivido. He escalado mucho tiempo, he visto a gente con fracturas por caídas de 6 metros y sin tocar el piso. Siempre es mejor que la cuerda absorba tu impacto. Con más de diez metros hasta el piso la muerte es casi segura. Un puente peatonal tiene 6. ¿Pero 27?

Dejaste un desmadre donde caíste ((Siete meses después, cuando regrese por primera vez al lugar de los hechos, aún estaban las ramas rotas y era muy evidente el sitio donde caí.)), me dijeron al día siguiente. Había aterrizado sobre un gran arbusto y sus ramas amortiguaron mi caída, pobrecito, dicen que lo destruí. Ese arbusto me salvo la vida. Aunque también estaba la cuerda. Mi carnal me había encontrado con la cuerda enredada en el brazo y medio suspendido aún a 30 cm del piso, había tenido que aflojar mi mano para que la soltara.

Nadie sabe cómo es que termine con la cuerda enredada en el brazo, pero las cuerdas de escalada son como ligas, se estiran mucho y la cuerda solita no me salvó ((Para que la cuerda detuviera el 100% de mi caída, hubiera necesitado que el piso estuviera aproximadamente 20 metros más abajo)). Fue el arbusto, caí exactamente donde tenía que caer. Eso o alguien más agarró la cuerda. Varias personas dijeron eso -Su amigo Polo ((Leopoldo Bernal, amigo cercano, falleció en Octubre del 2008. Mientras estaba muy sedado mencioné haberlo visto.)), dicen que lo vio. Así eran los chismes entre los pasillos del hospital -o tu ángel guardián, decía mi Madre, ¿te acuerdas que le rezabamos cuando eras niño? A lo mejor el te paso la cuerda.

No se, a la fecha no entiendo qué pasó ni por qué. Lo que se es que ese día, en ese lugar, cruce una frontera, no se a donde pero aquí, en este mundo, estoy vivo.

“Lo malo no es caerse, sino no poderse levantar”

Esto me dijo un tío cuando aún estaba en terapia intensiva. Es una frase genial y he decidido hacerla una de mis preferidas, codeándose con mis citas favoritas de Joyce, Nabokov y Voltaire. Es una frase que tiene una sabiduría muy simple, de esa que sólo llega con años de experiencia. Conmigo tiene una relación muy especial y directa, prácticamente hecha a mi medida. Me caí, pero me pude levantar, así de simple. Mi tío falleció menos de un año después de mi caída.

Amante de Shackleton, de Frank Sinatra, de los jugos de zanahoria y de las Texanas (los sombreros, mi tía es tabasqueña).

Al final de todo, sólo estuve tres días en terapia intensiva. Después estuve en un cuarto de hospital normal y a los siete días exactamente me mandaron a mi casa bien parchadito.

Luis Darcy (¡vino desde Australia!), Puck (el güero guapo) y yo con mi disfraz de Frida Kahlo ((Debido a un accidente, Frida Kahlo utilizó un corset parecido por gran parte de su vida.)) platicando en casa de mis padres. Pase dos meses casi sin salir de este cuarto; mi casa no es particularmente accesible a sillas de ruedas.

Pasé de estar del tingo al tango como buen chilango ((Oriundo de la Ciudad de México)) contemporáneo (no se puede vivir de otro modo en esta ciudad) a estar anclado a una cama sin poder pararme ni para ir al baño. Fueron meses en una silla de ruedas, comiendo en cama, viendo peliculas y hasta jugando nintendo, todo desde la cama. Las citas románticas dejaron de ser privadas y perdieron todo lo romántico: unos besitos a escondidas y dos que tres abrazos cuando se distraía mi mamá, pero eso sí, en la cama. Había regresado a ser un niño, no podía hacer nada sólo.

Tenía mucho dolor, era muy incomodo todo y definitivamente me pegaba mucho no poder escalar, andar en bici, ir al cine, ir a cenar, ir al baño, a la cocina, al escuela, al trabajo, al super, al refri, etc. Estaba roto psicológicamente, pero vivo. Tal vez en otro mundo, tal vez en el año 2Q12 ((Referencia a 1Q84, novela de Haruki Murakami.)), pero muy vivo y con tantas ansias de recuperarme que pronto ya me podía parar, pronto me pude bañar solo y al rato ya hasta había cambiado la silla de ruedas por las muletas. Sin tanto show como la caída, fui recuperándome poco a poco. Ansiaba caminar más que nada, aunque fuera lento, poder desplazarme se convirtió en casi una obsesión.

Los días de consulta fueron los primeros días que me dejaron pararme y usar muletas.

Cuando pueda caminar, voy a caminar hasta que me canse. Cuando pueda, voy a caminar todos los días. Así que en cuanto pude, me escapé a curar mi obsesión por caminar:

Si lo prefieren ver directamente o su celular no los deja, pueden picarle aquí.

Trescientos kilómetros a lo largo de los Pirineos, 26 días caminando partes de la GR11 y la alta ruta pirenaica. Considerando mi situación, el viaje fue un éxito, aunque también fue un fracaso, caminé la mitad de lo que esperaba. El tiempo no pasa en vano, estar casi seis meses en reposo total tuvo sus consecuencias. Fue un viaje tranquilo y de mucho descubrimiento, varios días me vi forzado a descansar por dolores en las rodillas o espalda.

Me recuperé, y nada volvió a ser igual. Todo tiene un sabor nuevo y especial cuando se hace después de estar tan cerca de la muerte.

El mundo los quiebra a todos y después muchos se fortalecen. Pero a los que no quiebra, los mata…

-Ernest Hemingway

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